JANET
Durante el invierno, apenas llegaba del trabajo, Janet solía sentarse en el sillón del living, el más alejado del ventanal que mira al jardín. Aún sin quitarse el abrigo ni las botas, se frotaba las manos con los guantes puestos, y se concentraba en el intenso color rojo generado por las brasas del fuego del hogar. A medida que se reponía del frío, disfrutaba observando cómo se desdibujaban los objetos del alrededor y, poco a poco, se sumergía en lo más profundo de su pensamiento.
El infrarrojo producía en ella un efecto sedante que le permitía relajarse de la tensión cotidiana y sumergirse en un estado particular de vigilia que le permitía entreabrir las puertas del pasado y liberar imágenes reminiscentes. A los pocos minutos comenzaba a hablar con una voz tenue, a expresar frases en apariencia incoherentes y yo me acercaba para escucharlas sin que ella pareciera advertirlo. Solía interesarse en conocerlas cuando yo se lo comentaba apenas salía del ensimismamiento, pero ella tampoco las comprendía.
Si bien no alcanzo a explicarme qué le sucedía, puedo describir al detalle mis observaciones y asegurar que en esas circunstancias mi Janet no era la misma. No puedo precisar en qué región de su interior se hallaba en esos momentos, porque parecía estar ausente mientras su cuerpo descansaba inmóvil en aquel sillón tan cómodo con los ojos abiertos y la mirada ausente.
Esa entidad, el “sí mismo”, con la que yo me refería a la esencia de la identidad, parecía haber desaparecido. Recordaba la frase de Nietzsche, que la identidad, el hecho de ser uno mismo, es una promesa y, como tal, fácil de romper. No, no afirmo que Janet salía de sí misma: pero ella no estaba. El testimonio eran aquellas frases profundas, inquietantes e incomprensibles que tanto me fascinaban.
Percibo que la limitación del lenguaje no me permite expresar una cuestión que no me figuraba entonces como contradictoria, en nada reñida con el principio de identidad. Cuando afirmo que Janet no estaba, no significa que no era, en el trance de hallarse ensimismada. ¡Pero parecía ser otra! Era obvio que mientras se encontraba enfrascada en aquello que semejaba a recuerdos, desconectada de lo que llamamos, quizás en forma de eufemismo, “la realidad”, estaba sumida en ese estado indeterminado de “ensimismamiento” en otro espacio-tiempo. Ella permanecía sentada en el mismo lugar y, sin embargo, ¿había salido de sí misma? Tal vez cuando más auténtica era ella, menos la reconocía, porque sus palabras, sus frases traslocadas, la convertían en una extranjera de su propia mismidad.
La radiación que emitía la estufa borroneaba mi visión. Ella seguía echada en el mullido sillón y hablaba en una lengua para mí incomprensible que me remitía, no sé por qué razón, al chino mandarín. El tono de voz tan suave, la musicalidad de sus palabras y sobre todo el fraseo cortado, no me permitían reconocerla, identificarla con mi Janet cotidiana ni con alguna otra persona, debido a las características del timbre de su voz, en especial en ciertos momentos cuando la impostaba como una soprano.
Yo permanecía en silencio, tan enamorado estaba, con la intención de hallar un medio que me permitiera comprenderla para intentar unificarla. Sin duda Janet, en ese momento, no era Janet, pero cuando volvía en sí decía haberse sentido auténtica, ella misma, según me comentaba al incorporarse para volver a presentarse tal como yo la conocía.
Vivía confundido. Estaba enamorado de mi mujer, pero la otra Janet, la de las frases enigmáticas a quien mucho admiraba por su elocuencia, me hacía sentirme infiel, porque dudaba a cuál de las dos prefería.
Las pocas ocasiones en que sus frases parecían volverse comprensibles, eran aquellas que comenzaban con el pronombre “yo”; era notorio que las utilizaba con la intención, involuntaria, de negar su identidad. Pensaba entonces que el pronombre de primera persona del singular era algo falso, ficcional, ya no le encontraba sentido aplicarlo para referirlo a uno mismo. Conjeturo que decir “yo” implica hablar desde un lugar imposible de localizar; que utilizarlo es tomar la voz propia para referirse a un ser enajenado desde la mismidad, lo que resultaba una paradoja.
Advertí que cuando el “yo” habla de sí mismo se refiere a otra persona, a la tercera persona del singular, como a un objeto alienado: concluí que no se puede hablar de uno mismo sin desdoblarse. Entonces, ¿habría dos “yoes”, uno el que enuncia y otro, objeto de la enunciación? No, no se trataba de un problema lingüístico, menos aún psicológico.
Repito: estaba seguro de que Janet estaba fuera de sí cuando estaba ensimismada. Pero si no se hallaba en ella, ¿entonces no estaba?, al menos que pudiera duplicarse y estar y no estar al mismo tiempo, ser y no ser, en forma simultánea y alternada, algo que me parecía entonces imposible de concebir. Quizás por una razón de esta índole, Shakespeare le hacía plantear al príncipe Hamlet aquella clásica pregunta que hasta ese momento me había parecido pueril.
Hacia fines del último invierno, cuando el frío atenuó, apagué el fuego del hogar. El ambiente estaba demasiado sofocante como para poder meditar. Me sentía embotado. Abrí una hoja de la ventana. Janet seguía allí, echada en el sillón. Advertí que ella me observaba, que me seguía con la mirada.
Me senté a su lado en una silla y medité: el yo cuando habla de sí mismo resulta poco creíble. Pero en Janet las cosas eran diferentes. Ella lograba enunciar, cuando estaba ensimismada, frases muy elocuentes en ese idioma tan peculiar.
Decidí registrar sus frases en un cuaderno. Me esmeré en escribir con letra clara para poder luego mostrarle lo que ella había dicho. Deseaba saber si mi Janet iba a poder sostener aquellos enunciados cuando saliera de su estado de aparente desdoblamiento, lo cual resultaría decisivo para la resolución de mi dilema amoroso.
La primera vez que leyó en voz alta algunas de las frases anotadas, quedó perpleja. En un principio se negó a aceptarlas como propias, pero, sin embargo, afirmó reconocerlas. Es que Janet era una persona coherente que, tal como yo, se esforzaba por ser siempre la misma y no podía aceptar una vivencia contradictoria cuando sentada en el sillón, reclinada hacia atrás, solía caer en un profundo sopor. Mujer muy lógica, enemiga de las aporías y de los juegos de palabras que consideraba pueriles, no le agradaba alejarse del lenguaje cotidiano ni de lo tangible. Fuera de las circunstancias que sucedían en el sillón, jamás se la veía ensimismada, ni siquiera cuando hacíamos el amor, tampoco mientras soñaba.
Presumo que, en su intimidad, cansada de ser la misma, de actuar de manera maquinal y rutinaria, sólo se atrevía a ser auténtica cuando salía de sí. Quizás el calor del hogar, la comodidad del sillón, mi presencia silenciosa, su mirada que apuntaba hacia el interior, eran las herramientas que utilizaba en forma inconsciente para poder vaciarse de sí misma y encontrar su verdadera esencia.
Obsesionado por comprenderla, decidí grabarla. Me dedique a escuchar sus frases a diferentes velocidades, del derecho y del revés. Durante varios días estudié en forma minuciosa cada una de sus palabras. Descubrí que una de ellas era semejante a un nombre de varón, el de un amigo en común, que despertó mis celos y comencé a acosarla con preguntas inquisitorias que desencadenaron fuertes discusiones. Por fortuna, pronto se apaciguaban y las reconciliaciones eran momentos reparatorios, donde todo parecía aclararse en forma definitiva y culminaban con intensas demostraciones de afecto. Pero, luego de volver a escuchar las grabaciones e interpretar alguna palabra, y ¡hasta las sílabas!, o una inflexión que interpretaba como sospechosa, mis celos se reavivaban y se desencadenaba la reedición en forma idéntica del conflicto que creíamos concluido lo que deterioró nuestra relación.
Como recuerdo me quedaron las frases que anoté en mi cuaderno, las grabaciones, y sobre todo la intensa tristeza agravada por la incertidumbre de no saber cuál de ellas decidió dejarme.


Comments (1)
Interesante, tratar de entender la complejidad del ser. Y, sobre todo, la ineficacia del lenguaje, tan limitado, para expresarla. Un texto en su profundidad, ameno.