Joseph K. en el laberinto
El miedo llamó a la puerta, la confianza abrió y afuera no había nadie.
Proverbio chino
Joseph K. en la celda reflexiona. No comprende el motivo de su condena. Los guardianes tienen órdenes de actuar apenas él tome conciencia de lo injusto de su cautiverio; saben que él comenzaría a cuestionar la Ley e intentaría transgredirla, a partir del momento en que se percate haber sido encarcelado por causa de sus futuros cuestionamientos; debido a sus intenciones, no por sus actos.
Joseph K. piensa en cada gesto, calcula cada ínfimo movimiento a realizar, y ensaya como un actor, mentalmente, las consecuencias que éstos pudieran desencadenar.
Al desconocer el enunciado de la Ley no le es aún posible emitir juicio alguno acerca de la misma, porque su culpabilidad fue sentenciada de acuerdo a lo que suponen que él es. Para los carceleros él es sin duda un trasgresor potencial; aunque saben que la pena recayó sobre un futuro deseo, ese no es un asunto de su incumbencia. Están advertidos de que cuando el preso acceda al conocimiento de la Ley, la criticará, la cuestionará y la querrá subvertir.
Tal vez debido a las condiciones del confinamiento, Joseph K. comienza a quejarse de lo injusto del encierro; entonces le aumentan la condena.
Ahora le han puesto nombre a su persona: Él; nombre al delito: deseo de desobediencia; nombre al castigo: cadena perpetua.
Se le ocurre tratar de persuadir a sus celadores mostrándoles que ellos también están presos, condenados a custodiarlo a perpetuidad; pero desiste de esta idea al imponérsele una serie de interrogantes: ¿habrían sido sus propios deseos los que lo llevaron a concebir un sistema de castigos y recompensas? ¿La justicia, funcionaría sólo para él? ¿Sería posible que el mundo estuviera asentado sobre un deseo sin nombre, imposible de saberse y, aún menos, de cumplirse, debido a que no existe tal impulso ni existirá jamás?
Conjetura que deseo y prohibición serían términos irreconciliables e interdependientes y, por lo tanto, ambos imposibles. A menos que se resignara a asumirse como un prisionero que purga por un delito idéntico a la recompensa: ¿la salida?
Y comienza a razonar en voz alta sin preocuparse si lo escuchan:
«Del otro lado del muro debe haber otras celdas, otras cárceles, con guardianes que como los míos han de creer en un Derecho superior impuesto por la Ley, la cual desconocen pero que, sin embargo, no acceden a cuestionar, tal vez porque estuvieren al servicio de generar el deseo de violarla. Y mientras vivan convencidos de que haya jueces que ejercen la Justicia en mi interior, los cuales, a su vez, estén convencidos de que fueron encomendados para juzgar de acuerdo a una Ley que los erigió en tales…”
Y prosiguió: «Del otro lado del muro habría otros muros, y otros, y otros. Aquello que concibo como mundo debe ser un entramado de paredes construidas por una entidad maligna empecinada en insinuar un afuera, un exterior, como recompensa. La ilusión de salir en libertad daría inicio a un juego que cabría llamarse buscar la salida...»
Joseph K., encerrado en la celda, reflexiona:
«¿No existe afuera? ¿Todo es interior? ¿Los muros, los guardianes, los jueces, las leyes, el cautiverio, estos barrotes… yo mismo? Fuera del mundo, ¿hay nada?»


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