VICTORIA PARCIAL

Se comentaba en el barrio que, durante las noches de invierno, el señor Manuel Saiders solía conversar con el espejo de la cómoda de su dormitorio. Se decía que al principio la relación entre hombre y espejo era cordial, hasta que las amigables charlas se convirtieron en discusiones. Los desacuerdos derivaron en peleas, primero verbales, y luego pasaron a la acción. El aspecto con que Saiders se presentaba en ese entonces coincidía con lo que con respecto a él comentaban los vecinos. Mostraba moretones en la frente, en ambas mejillas y cortes a lo ancho del mentón. Cuando le preguntaban sobre lo ocurrido, aquellos que lo cruzaban en la calle, respondía que lo habían atacado y, sin dar detalles, proseguía su camino. Esa parquedad no correspondía con el Manuel Saiders que conocíamos, porque si bien carecía del mínimo don de simpatía, solía detenerse a conversar con la gente de la cuadra, en especial con mi padre.

De repente, lo dejamos de ver. Pasaron varios meses sin que tuviéramos noticias de Saiders. Su ausencia me preocupaba; no era que lo echaba de menos, sino que estaba acostumbrado a verlo pasar a diario y él representaba, según creía entonces, una pieza fundamental del engranaje cotidiano. Estaba acostumbrado a verlo los días de semana, me topaba con él cuando volvía de la escuela al pasar por la puerta de su casa donde tenía instalado un pequeño taller de reparación de relojes. Solía estar sentado en un taburete de madera de pino en actitud contemplativa y respondía a mi saludo con un gesto insignificante, apenas si inclinaba la cabeza. Mantenía conmigo esa distancia que impone el cincuentón a un niño de 11 años.

Los sábados a eso de las nueve de la mañana se detenía a conversar con mi padre en la puerta de calle. Hablaban de boxeo y de política en un tono ameno pero apasionado, y jamás lo había escuchado decir una mala palabra. Su mal carácter era proverbial, por el que se ganó el mote de “el amargado”, epíteto que se oía pronunciar a continuación de su nombre de pila. Todo lo criticaba; nada ni nadie parecía conformarle. Que la economía; que los cortes de electricidad, en verano; que la falta de presión de gas, en invierno; que tal funcionario, que la humedad, que esto, que aquello… Pensaba yo que a mi padre le divertían sus quejas y malhumores, de otra manera me era imposible comprender por qué lo escuchaba tan atento, sin sonreír, y que algunas veces lo hubiera invitado a pasar para convidarlo con una copita de grapa. En cambio, a mí me fastidiaba, por lo cual se me ocurrieron algunas estrategias para que se fuera. La más habitual era fingir llamadas telefónicas que requerían ser atendidas por mi padre en forma inmediata.

Cuando lo vi venir aquella mañana de invierno me sentí emocionado. En ese entonces padecía yo de afectos muy intensos, imposibles de contener. Era frecuente que el llanto surgiera fácil tanto ante la tristeza como por alegría. También, una sensación de escalofrío recorría mi cuerpo desde la nuca en dirección de los hombros cuando percibía complacer a los adultos. Al advertir a Saiders y el hecho que iba a ser el primero en contárselo a mi padre apenas regresara del trabajo, me llevó a esforzarme para refrenar el flujo de lágrimas.

Hacía mucho frío. Me había sentado en el umbral de la casa de enfrente para calentarme en la vereda del sol. Saiders venía caminando desde la esquina, movía la cabeza, tiritaba y se frotaba las manos cubiertas de guantes de cuero maltratado, descosido, que dejaban a la vista la piel de corderito interior hecha jirones. Le brotaba humo de la boca, que abría y cerraba como si estuviera cantando; pero desde una vereda de distancia me di cuenta que conversaba con alguien que no estaba. Se las ingeniaba para emitir dos diferentes tonos de voz, uno impostado, mucho más grave que el habitual. Me dejó consternado.

«¿Cómo le va, señor Saiders?», le dije. No me respondió. Ni siquiera puedo asegurar que me hubiera visto. Se detuvo y desvió los ojos ausentes hacia el lugar donde yo estaba sentado. «Yo lo miré y él me miró. Yo lo miré más fuerte y él me miró mucho más fuerte que yo. Entonces… Yo lo miré muchísimo más fuerte…» No me era posible inferir si se dirigía a mí cuando hablaba; sospechaba que no.

Pensé si en ese instante, tal como se murmuraba en el barrio, estaría conversando con aquel interlocutor con quien se enfrentaba ante el espejo durante las noches. No; nunca lo creí, mi padre me había explicado que se trataba de simples habladurías. Pero era evidente que el individuo al cual saludaba poco tenía que ver con el señor Saiders que yo conocía. Por el contrario, aquél era una persona educada que no hacía gestos obscenos ni decía palabrotas. El otro no me dirigía la palabra y este sí. ¿Pero este hombre, me hablaba? ¿Acaso sabía quién era yo?

«¿Usted sabe quién soy?», le pregunté con desesperación. Se agachó, escudriñó mi rostro con expresión de desconfianza, me observó en forma atenta con los ojos entrecerrados y, cuando pensé que me había identificado, de repente, comenzó a discutir a dos voces sobre asuntos de mujeres, con términos obscenos que me sorprendía oír de una persona mayor. ¿Hablaban? –sí, en plural, porque se trataba de un diálogo–, del interior de la mujer, que describían como un espacio desmesurado, inconcebible, lo cual despertaba en mí una sensación de espanto; el tono exaltado de ambas voces por momentos se elevaba de registro hasta llegar al grito. Avergonzado, trataba de evadirme, pero el miedo refrenaba mi huida. Pasado el clímax de euforia, volvía a serenarse. Entonces se quedaba en silencio, con la mirada suspendida, con gestos que denotaban desesperación y un profundo sufrimiento. En aquel momento creía que me reconocía, aunque no puedo asegurarlo, porque pasados esos pocos segundos de quietud, volvía al tema anterior para retomar el discurso en el mismo lugar que lo había dejado. Ahora estaba seguro que no me registraba. Desinhibido, comenzó a insultar a dos voces, una aguda y la otra grave; se tomaba del cuello como si fuera el de otra persona, forcejeaba consigo mismo, se agarraba del brazo, del hombro o de una pierna y lanzaba alaridos. Acusaba a ese terrible rival de haberle robado su mujer. Después, se alejaba y se acercaba con el puño amenazante, el ceño fruncido; gritaba y lloraba. Era evidente que sufría.

«Yo me acerqué y él se me acercó. Entonces él me miró. Y yo lo miré. Él me miró fuerte…» En esos escarceos de acercamiento y alejamiento, de mirar y ser mirado, tras sus declaraciones acerca de la mujer y su interior fantasmagórico, el señor Manuel Saiders parecía jugarse la vida.

Se comentaba en el barrio que todo había comenzado durante una noche del invierno pasado. A eso de las doce se escucharon gritos, insultos y el estallido de vidrios. De repente vieron salir al señor Saiders desnudo y correr por la calle como si persiguiera a alguien. Pedía auxilio, que detuvieran a una persona de apellido chino que nadie alcanzó a ver ni entender el nombre. Tenía las manos ensangrentadas y cada tanto se las llevaba a la cara, entonces tropezaba con los tachos de basura que se volcaban a su paso. Profería alaridos desgarradores y acusaba a aquel desconocido de haberse llevado a su mujer y todo su dinero. Hablaba del supuesto agresor como de un enemigo terrible poseedor de una virilidad descomunal y amenazante. Lloraba.

Llegó un patrullero. En un principio, como los agentes de policía le creyeron, montaron un operativo de búsqueda que por supuesto fracasó. Luego, al darse cuenta de su locura, decidieron llamar al manicomio, pero ante la oposición de los vecinos tuvieron que desistir. Uno de ellos propuso telefonear a la hermana de Saiders para que se hiciera cargo de su persona, moción que fue aceptada por unanimidad.

Al ingresar en su casa, los agentes se encontraron con un panorama caótico. Los muebles estaban volcados, había adornos hechos trizas diseminados por el piso, en especial objetos de porcelana china, todos signos inequívocos de una pelea. Tuvieron dificultad para abrir la puerta del dormitorio, fue necesario echarla abajo. Una vez en la alcoba constataron que estaba trabada desde el lado de adentro, misterio que no se logró develar. Sobre la cama matrimonial había una maraña de sábanas enredadas cubiertas por fragmentos y polvo de espejo salpicados de sangre, vello pubiano y largos mechones de cabello ensortijado. Después llegó la hermana en una ambulancia y se lo llevaron.

 

 

 

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