“Guerra y sentido: cuando el campo de batalla es también el alma”
Por Mercedes Susana Giuffre (*)
En la superficie, la guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán parece responder a los parámetros clásicos del poder: bombardeos masivos, infraestructuras destruidas, misiles balísticos y cálculos estratégicos. Sin embargo, reducir el conflicto a su dimensión militar es cometer, una vez más, un error histórico. Esta guerra es, en parte igual, material e inmaterial: 50% fuego y 50% significado.Lo que ocurre hoy no es solo un choque de arsenales, sino una confrontación entre formas de entender el mundo. Y en ese plano invisible —el cultural, el simbólico, el espiritual— Irán juega con reglas que sus adversarios comprenden solo muy parcialmente: el historiador clásico y analista militar Victor Davis Hanson dixit.
La persistencia de una memoria imperial
Irán no actúa como un Estado moderno aislado en el tiempo. Su conducta estratégica remite, de forma consciente o no, a una continuidad histórica que se remonta al Imperio Aqueménida de Ciro el Grande y Darío I. Aquel imperio no se expandía únicamente por conquista directa, sino mediante una arquitectura sofisticada de influencia indirecta: satrapías, autonomías locales, control de rutas y defensa en profundidad.Hoy, esa lógica reaparece transformada. El llamado “Eje de Resistencia” —Hezbollah, milicias iraquíes, hutíes— funciona como una red de “satrapías modernas”: actores con autonomía relativa pero alineados con un centro estratégico. No es ocupación, es irradiación de poder. El control o amenaza sobre el Estrecho de Ormuz refuerza esa continuidad: como en la antigüedad, quien domina las rutas controla el equilibrio regional. En ese sentido, Irán no se percibe como un actor reactivo, sino como heredero de una civilización que históricamente organizó espacios enteros.Ese es el primer componente del conflicto: el orgullo persa. No como simple nacionalismo, sino como conciencia de pertenecer a una historia de más de 2.500 años. En esa narrativa, rendirse no es una opción política: es una ruptura ontológica.
La batalla de Karbala como presente eterno
Pero la dimensión estratégica no basta para explicar la conducta iraní. El segundo eje —y quizás el más incomprendido— es el religioso, específicamente el chiismo.El episodio fundacional de la batalla de Karbala (680 d.C.), donde el Imam Hussein eligió la muerte antes que la sumisión, no es un recuerdo lejano: es un arquetipo activo. La guerra actual se interpreta como una repetición de ese drama. No metafóricamente, sino existencialmente. El martirio (shahadat) no es visto como pérdida, sino como transformación. La muerte no debilita: legitima, moviliza, multiplica. En esa lógica, cada líder caído —incluido el anterior líder supremo— no representa un golpe estratégico, sino una renovación simbólica. En ambos relatos Karbala para Irán y lo que significó Masada para el Judaísmo, se convoca la idea de dignidad frente a la opresión y la negativa a someterse, lo que los convierte en mitos fundacionales de resistencia para sus respectivas culturas. En la poesía de guerra el martirio se presenta como camino directo a la salvación: el shahid vive eternamente (Qur’ān 3:169-171), sus pecados se borran, intercede por la umma y purifica a la nación. La sangre del mártir “despierta” (bidāri), revela secretos y derrota la opresión. En el poema anónimo y tradicional en la Defensa Sagrada. (poema de deseo de shahadat): se cita: “Ojalá la rosa de mis lágrimas floreciera de noche, ojalá todos mis dolores se curaran, ojalá a cada uno Dios diera su porción… ¡ojalá el martirio fuera mi porción!” . (Expresa el anhelo personal de muerte como tránsito, gracia divina y cura suprema).Aquí radica una de las mayores asimetrías del conflicto: Para Occidente, la muerte es un costo a minimizar. — Para el imaginario chií, puede ser una inversión espiritual. No se trata de irracionalidad. Es coherencia dentro de otro sistema de valores.
La fusión: orgullo persa y el martirio chií
Lo decisivo no es la coexistencia de estas dos dimensiones, sino su fusión.El orgullo persa aporta la estructura en los siguientes aspectos: visión de largo plazo, vocación de influencia regional, rechazo a la subordinación.El chiismo aporta la energía en: disposición al sacrificio, narrativa de resistencia, legitimación del sufrimiento. – El resultado es una identidad político-cultural única: una civilización que piensa como imperio y siente como religión. Desde fuera, esto puede parecer contradictorio o incluso “irracional”. Pero desde dentro, es profundamente lógico: la defensa del territorio se convierte en defensa de la historia, y la muerte en defensa del sentido.
El error recurrente de Occidente
Aquí emerge un patrón histórico. Estados Unidos —y en menor medida Israel— ha demostrado reiteradamente dificultades para interpretar conflictos donde la dimensión cultural es central. Vietnam, Irak, Afganistán: en todos esos escenarios, el poder militar no logró traducirse en victoria política. No por falta de capacidad, sino por una subestimación del “sustrato cultural”.Recuerdo especialmente el libro “The Use of History for Decision Makers”, de Richard E. Neustadt y Ernest R. May. (El uso de la historia para tomadores de decisiones (1986). Ellos sostienen que el verdadero problema no es la falta de conocimiento histórico, sino su uso incorrecto: los líderes, afirman, no deberían “usar la historia” como un repertorio de analogías rápidas, sino aprender a pensar históricamente, una diferencia sutil en apariencia pero decisiva en la práctica; en lugar de recurrir a comparaciones automáticas —“esto es otro Vietnam”, “esto es otro Múnich”— que reducen realidades complejas a paralelos simplificados y muchas veces engañosos, proponen un enfoque más exigente que implica reconstruir contextos completos, comprender procesos en su desarrollo y no solo eventos aislados, y, sobre todo, identificar tanto las similitudes como las diferencias entre situaciones pasadas y presentes; esta metodología no es un ejercicio académico abstracto, sino una herramienta crítica para evitar errores estratégicos, como lo demuestra el propio análisis que hacen sobre decisiones en la Guerra de Vietnam, donde analogías mal aplicadas contribuyeron a diagnósticos equivocados y a una escalada basada en supuestos defectuosos, un patrón que se repite cuando los responsables políticos interpretan conflictos contemporáneos a través de marcos históricos simplificados; en este sentido, la enseñanza central de Neustadt y May adquiere una relevancia particular al observar conflictos actuales, donde el problema no radica en que Occidente ignore la historia, sino en que con frecuencia la utiliza de manera superficial, instrumental o descontextualizada, reduciéndola a una herramienta retórica más que a un instrumento de comprensión profunda; su idea más potente podría resumirse en que la historia no ofrece respuestas listas para aplicar, sino que entrena la capacidad de formular mejores preguntas, y es precisamente esa diferencia —entre buscar soluciones prefabricadas o desarrollar una percepción más afinada— la que define la calidad de una decisión estratégica; trasladado a un plano más filosófico, esto permite observar una asimetría clave en el escenario internacional contemporáneo: mientras Estados Unidos tiende a emplear la historia como analogía rápida dentro de un modelo técnico de análisis, otros actores, como Irán, la viven como una identidad activa, un proceso continuo que estructura su percepción del presente y del conflicto, lo que revela que la verdadera brecha no es solo de poder material, sino de relación con el tiempo, con la memoria y con el sentido mismo de la acción política.
En 2026, el error de ignorar la historia, parece repetirse.
Los cálculos iniciales apostaban a un colapso rápido del régimen iraní. Sin embargo, ocurrió lo contrario: cohesión interna, continuidad de liderazgo y radicalización de la narrativa de resistencia. El problema no es la ignorancia total. Existen expertos, análisis, advertencias. Pero en la práctica, la toma de decisiones suele simplificar: presión → desgaste → rendición. Esa lógica falla cuando el adversario no mide la guerra en términos de costo-beneficio, sino de sentido y trascendencia.
La guerra como espejo filosófico
Este conflicto obliga a una pregunta más profunda: ¿qué es realmente la guerra?.Si es solo destrucción material, entonces la superioridad tecnológica debería bastar. Pero si es también una lucha por el significado —por la dignidad, la memoria, la fe— entonces las variables cambian radicalmente.Irán no está luchando solo por territorio o poder. Está luchando por una narrativa: la de una civilización que no se somete y una fe que transforma la muerte en victoria. Estados Unidos e Israel enfrentan, entonces, no solo a un Estado, sino a una idea persistente.
Conclusión: el campo de batalla invisible
La guerra de 2026 muestra que los conflictos del siglo XXI no pueden entenderse únicamente con mapas y arsenales. Hay un segundo frente —invisible pero decisivo— donde se juega la voluntad de resistir. En ese terreno, el orgullo persa y el martirio chií actúan como multiplicadores de fuerza. No reemplazan a los misiles, pero les dan sentido. No detienen las bombas, pero redefinen su impacto.En este contexto, los ataques masivos, los asesinatos de líderes o la destrucción de infraestructuras pueden producir un efecto paradójico, ya que lejos de debilitar al adversario pueden reforzar su narrativa interna, activar el imaginario de resistencia y consolidar la cohesión social en torno a la idea de sacrificio, convirtiendo la violencia externa en combustible simbólico interno, lo que explica en parte por qué el conflicto no evoluciona según las previsiones iniciales de una resolución rápida; así, más que una guerra 50% militar y 50% cultural en términos de proporción, lo que se observa es una interacción en la que cada plano redefine al otro, donde lo material sin lo simbólico se vuelve cálculo vacío y lo simbólico sin lo material carece de eficacia, pero la combinación de ambos —como en el caso iraní— genera una forma de resistencia particularmente difícil de desarticular, mientras que el predominio casi exclusivo de lo material —como en el caso occidental— encuentra límites cuando enfrenta estructuras de sentido que no pueden ser destruidas con bombardeos.En última instancia, el verdadero campo de batalla no se encuentra únicamente en ciudades, instalaciones nucleares o rutas estratégicas, sino en dimensiones más profundas como la memoria, la identidad y el significado de la muerte, porque cuando una sociedad internaliza que morir puede ser una forma de victoria, la guerra deja de ser un problema técnico susceptible de resolverse con superioridad de recursos y se transforma en un problema filosófico, donde la pregunta central ya no es quién tiene más poder, sino quién está dispuesto a sostener su narrativa incluso al costo de la destrucción total.


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