Beijing  y la Trampa de Tucídides

El día que el Capital obligó a Trump a pisar el futuro

 

Por Lidia Fagale (*)

OPINIÓN

El mundo concentró su atención en la reunión que los medios de comunicación occidentales llamaron en sus titulares “la Cumbre de las dos potencias”. No era para menos. El escenario internacional está lo suficientemente caldeado como para apostar las fichas a China, una nación que brega por la paz mundial y se reúne al Sur Global bajo la premisa de un futuro compartido, sin países por encima de otros y desechando de plano

 

El desembarco en el mundo real

El imprevisible Donald Trump llegó a Beijing; a otro mundo. No al mundo que él desea, ni al que ve, ni al que irremediablemente se agota. El «toro drogado» que lleva adentro —ese que desata tormentas belicistas con amenazas, censuras y castigos— se durmió por un instante en los antiguos vericuetos de la Ciudad Prohibida, ingresando por la puerta celestial

La reunión fue cuidadosamente preparada por el gobierno chino tras varios encuentros previos y temarios largamente estudiados. Contó con una intervención de alto nivel por parte del mandatario Xi Jinping, haciendo sentir al recién aterrizado líder norteamericano que pisaba, en los hechos y no en la ficción, los primeros metros de otra realidad.

Trump estaba pisando el mundo del futuro, ese que inexorablemente se impone a pesar de él y de su gobierno. Se trata de un orden que Washington no quiere mirar, pero que lo obligó a viajar en una suerte de «ovni» acompañado por sus marcianos favoritos: «los maravillosos empresarios y CEO» con los que cuenta para pedirle a China su ingreso al país-continente, revirtiendo por completo su vieja retórica de repatriar la producción manufacturera a tierras estadounidenses.

 

El pánico de Washington ante el nuevo centro industrial

La agenda bilateral transitó por temas críticos de interés común: la guerra con Irán, la crisis energética en el estrecho de Ormuz, los aranceles, las tierras raras, la venta de armas a Taiwán, la inteligencia artificial y los semiconductores. Sin embargo, la pregunta central es: ¿Qué ha cambiado realmente en el mundo para que esta cumbre tenga semejante trascendencia histórica?

La respuesta radica en un cambio sin precedentes: el centro de la producción industrial global se ha desplazado definitivamente a China. El imperialismo estadounidense ya no ostenta el monopolio indiscutible sobre las fábricas, las cadenas de suministro y las tecnologías que dan forma a la economía mundial. Que este nuevo eje sea un país socialista —con características propias— provoca alarma, temor y pánico en los pasillos del poder de la Casa Blanca. Ese miedo es lo que subyace detrás de cada punto debatido en Beijing.

 

Reflexión geopolítica: La interdependencia como freno del colapso

Es aquí donde se produce la mayor paradoja de nuestro tiempo. A diferencia de la Grecia antigua descrita por Tucídides, donde el choque entre Esparta y Atenas era puramente militar y territorial, la globalización contemporánea ha tejido una red de interdependencia material inédita. La paradoja radica en que el pánico de la potencia consolidada (EE. UU.) co existe con la necesidad absoluta de su rival (China).

La carrera actual ya no se mide únicamente en soldados o fronteras, sino en la arquitectura de la Inteligencia Artificial y el control de los microchips. Esta mutación del poder global introduce un componente reflexivo vital: las corporaciones transnacionales operan hoy como un inesperado amortiguador de la violencia estatal. El capital norteamericano prefiere la rendición pragmática en los mercados antes que el suicidio económico de una guerra abierta, forzando a la política formal a sentarse a negociar en los términos de Pekín.

 

Corporaciones al mando y líneas rojas innegociables

La cumbre consolidó un punto de inflexión crucial en la geopolítica mundial. Las corporaciones transnacionales estadounidenses terminaron forzando a Trump a negociar un acceso amigable al mercado asiático. Mientras el mandatario norteamericano buscaba expandir los tentáculos de sus mercados, China antepuso con firmeza sus doctrinas de seguridad y exigió el fin del intervencionismo.

Quedó claro que Trump no se llevó nada más que sus narrativas propagandísticas para difundir en las redes sociales:

  • La cuestión de Taiwán: Se ratificó como una línea roja innegociable frente al envío de armas norteamericanas a sectores separatistas.
  • El conflicto en Irán: No habrá victorias para Washington. Ni China ni Rusia alterarán la soberanía del país persa. Pese a que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, pidió explícitamente a Pekín interceder diplomáticamente para abrir el estrecho de Ormuz, China mantendrá su postura basada en los derechos soberanos de Irán y el fin de la agresión ilegal de Estados Unidos e Israel. Así lo respaldó el canciller Wang Yi una semana antes ante el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi.

Hoy, Trump acude a Pekín como líder de una potencia imperialista que busca ayuda para afrontar las consecuencias de sus propias guerras.

 

La encrucijada del siglo

El encuentro se produce además en un contexto de crisis mundial mucho más amplia. La situación acuciante de Cuba —bajo el holocausto social planificado por los EE. UU.— necesita de la influencia china para ratificar la soberanía de la mayor de las Antillas, defender la paz y permitir el ingreso libre de petróleo. Una realidad que se extiende de igual manera a los conflictos en Gaza y el Líbano, aunque registren otros origines. Siempre se trata de seres humanos desplazados, asesinados de mil maneras, atravesados por sufrimientos inhumanos.

Frente a este panorama turbulento, las palabras de Xi Jinping resuenan como una advertencia que el mandatario norteamericano no debería ignorar:

«A medida que se acelera la transformación del siglo y el panorama internacional atraviesa cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la ‘trampa de Tucídides’ y establecer un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?».

La «trampa de Tucídides» reaparece así en el tablero internacional, no como una metáfora abstracta, sino como una advertencia explícita sobre el peligro inminente que implica la resistencia de una potencia consolidada ante el avance inevitable de una potencia emergente.

(*) Periodista del Belt and Road. Directora de Clave China

 

 

 

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