LA LOCA DEL ESPEJITO
Por José Ezequiel Kameniecki
Durante el verano, la loca del espejito realizaba todas las tardes el mismo recorrido. Asomado a la ventana de mi cuarto en un primer piso, la aguardaba, para ser el primero en recibirla. Aunque ella era puntual, sentía cierta inquietud en la espera, recién lograba serenarme cuando a las cuatro menos veinte aparecía una imagen colorida en el fondo de la calle, a una distancia de varias cuadras. Era su paraguas azul con flores rojas, que llevaba desplegado para protegerse del sol. Entonces bajaba y me sentarme en el umbral de la puerta de casa para que no se diera cuenta que yo la esperaba.
Aparentaba unos treinta y cinco años y yo aún no había cumplido los diez, sin embargo, no existía entre nosotros esa distancia que impone la diferencia de edad. Todo lo contrario, me parecía que a causa de su desequilibrio mental no quería percatarse de que yo era un niño.
Por sus delicados rasgos y modales refinados, ahora cada tanto deslucidos por algún exabrupto, me era fácil imaginar que habría sido hermosa en su juventud; algo misterioso en su personalidad me llevaba a intuir un antiguo esplendor. Pero lo que quedaba de ella eran las sobras, que me producía una confusa mezcla de sensaciones, rechazo y atracción a la vez.
El color de sus vestidos era estridente; los tenía violetas, anaranjados y rojos, salpicados con remiendos hechos a la ligera, manchas de comida y lamparones cuyas tonalidades eran imposibles de precisar.
Usaba medias de nylon con costura, en aquella época un signo inequívoco de la prostituta, corridas y zurcidas en forma caprichosa; zapatos de cuero gastado y sucio con taco aguja, aunque muy deteriorados deducía por el diseño que eran de buena calidad. Llevaba una cartera de cuero raído en la misma mano con que sostenía el paraguas y, en la otra, una sombrerera de cartón. Este tipo de cajas circulares ejercían en mí cierta fascinación, en especial las que había en casa de mis abuelos donde solían guardar sombreros colmados de historia que, de seguro, habían pertenecido a míticos antepasados.
De su cobriza y rizada peluca emanaba un fuerte y ácido olor a mugre, que me obligaba a mantener cierta distancia cuando se acercaba para hablarme. Y para evitar que ella se molestara por mi lejanía yo utilizaba excusas banales, no siempre demasiado convincentes, hasta que di con un argumento que resultó infalible: que era alérgico a los perfumes importados. Me respondió que jamás usaba fragancias nacionales y, a partir de ese momento, ella ya mantenía una discreta distancia. Además, era exagerada y grotesca en su forma de maquillarse. Labios de rojo carmín, colorete y polvo esparcidos en forma despareja, dejaban a la vista varias capas yuxtapuestas que me recordaban a los mapas orográficos del manual escolar.
Llevaba las manos cubiertas con guantes de hilo que tal vez fueron blancos cuando nuevos, pero ahora se veían jaspeados en tonalidades de gris y marrón; de las puntas agujereadas asomaban largas uñas postizas pintadas del mismo color que los labios.
Pero lo que más impresionaba de ella eran sus ojos. Detrás de infinidad de pinceladas de sombra de color arratonado se veían costurones en sus párpados. Eran puntadas de aguja que ni siquiera las tupidas pestañas, también postizas, alcanzaban a disimular, por más que parpadeara en forma constante para hacernos creer que esos movimientos pasaran por rasgos de coquetería.
Como las medias tendían a bajarse al haber perdido elasticidad, se concentraban a la altura del talón donde formaban un bulto de arrugas que le impedía caminar. Entonces se detenía cada tanto para acomodarlas, apoyándose en la pared del frente de alguna vivienda donde intentaba afirmarlas por medio de ligas. Pero como el elástico estaba vencido, no le respondía, entonces estiraba las medias y las arrebujaba alrededor de la liga por sobre la falda.
Me inquietaba verle realizar aquel ritual que duraba varios minutos, espectáculo que culminaba con la escena del retoque de maquillaje. A continuación, apoyaba la caja de sombreros sobre la vereda, apretaba el paraguas debajo de la axila izquierda mientras hacía equilibrio para sacar de la cartera el colorete, la polvera y un espejito. Debido a aquel maravilloso cristal le pusimos por sobrenombre «la loca del espejito».
De mango dorado con borde festoneado parecía refulgir, tal vez por la disonancia con el resto de su equipaje. Cuando el sol de las cinco de la tarde daba de lleno en la vereda de numeración impar, por donde ella transitaba, los rayos que incidían sobre el espejito iluminaban como linternas chinas las paredes de las casas de enfrente; el contoneo rítmico de su andar producía un juego de luces que no dejaba de deleitarme, sobre todo cuando el haz me encandilaba luego de rebotar en los vidrios de las ventanas. Envuelto en un estuche forrado de terciopelo negro, la mujer lo empañaba con su aliento para lustrarlo luego con uno de los guantes que usaba como franela. Después de contemplarse en forma minuciosa, procedía a retocar el maquillaje y lo volvía a guardar. Pero como a los pocos pasos el método de sostén de medias volvía a fracasar, repetía la operación sin alterar ningún detalle.
El modo acelerado de caminar ponía de manifiesto una feminidad exacerbada y, a pesar de que la totalidad de los elementos que portaba correspondían a su género, estos todavía no despertaban en nosotros más que una curiosidad candorosa. Por entonces había algo que los varones rechazábamos de las mujeres, pero lo de ella nos resultaba una caricatura de lo femenino.
En su marcha balanceaba las caderas con tal ímpetu que al cernerse sacudía todo su bagaje, hacía gestos insinuantes con los labios y cada tanto se alisaba la falsa cabellera sin jamás dejar de pestañear. Un collar de perlas de fantasía le caía hasta la cintura luego de darle tres vueltas alrededor del cuello, que oscilaba en forma tan violenta que corría peligro de desperdigarse. Llegado a este límite, disminuía la velocidad y aquietaba el zarandeo.
No puedo recordar cómo ni cuándo empezamos a conversar. Conjeturo que habría sido en forma gradual, que ella comenzó con el saludo al que siguió con algún comentario. Con el tiempo nuestras charlas se hicieron más prolongadas como imprescindibles. Se expresaba en forma delicada y, cosa rara, me trataba de usted, pero en cada frase alternaba una mala palabra. Entonces se cubría la boca con la mano enguantada, pestañeaba aún más rápido y se disculpaba. Al principio yo contenía la risa, pero, poco a poco, aprendí a adaptarme a su estilo hasta que dejó de causarme gracia.
Así me contó que había sido actriz de cine y de teatro, pareja de afamados galanes, todos desconocidos para mí, en los grandes escenarios de Londres, París, Nueva York, Budapest y Pekín. Recién entonces advertí que su ropa no podía proceder sino del vestuario de algún teatro. No quise averiguar si los actores que ella mencionaba existían realmente o eran obra de su invención; eso no me interesaba. Sabía que podía consultarlo con mis padres, pero de enterarse de mi relación con la loca ellos me lo hubieran prohibido. No estaba dispuesto a privarme de aquellas fabulosas historias plagadas de obscenidades que jamás había escuchado de personas mayores y, menos todavía, de una mujer.
No me fue difícil persuadir a mis amigos para que compartieran conmigo las conversaciones con la loca. Ella los aceptó con agrado, excepto a Néstor, cinco años mayor, quien tenía intenciones diferentes que los demás. Cada vez éramos más los niños que la esperábamos desde media hora antes con los ojos fijos en el reloj. Cada cual estaba apostado en un lugar estratégico de la cuadra para poder ser el primero en advertirla; y ella, siempre puntual, no nos defraudaba. Apenas aparecía a la distancia, nos hacinábamos en el umbral de la puerta de casa, maravillados por los reflejos del mágico espejito la seguíamos desde lejos con la mirada atenta. Y cuando se hallaba a escasos metros, nos levantábamos para rodearla ansiosos por escuchar sus historias de cine y teatro. Pero Néstor la acosaba con preguntas indecentes, frases con doble sentido que la incomodaban, o planteos inadecuados para con un adulto. Un día le hizo una propuesta, algo que nos pareció repugnante, aunque no alcanzamos a comprender del todo, que ella rechazó. En otra oportunidad intentó besarla. Luego del segundo incidente, por varios días ella dejó de detenerse a conversar. Es más, apenas advertía la presencia de Néstor intentaba acelerar el paso aún con las medias caídas.
He constatado que cuando una persona da muestras de indefensión, en especial si tiene comprometidas sus facultades mentales, los otros, los supuestos sanos, se comportan como si tuvieran derecho a violar su intimidad; tal era la conducta de Néstor. Me sentía culpable por habérsela presentado y no sabía cómo alejarlo de ella. Por otra parte, esa mujer representaba para nosotros todo lo opuesto al erotismo, una anti-mujer, un ser reciclado a base de remiendos. No alcanzábamos a comprender que alguien como ella, con ropa de utilería y, sobre todo, que exhalaba olores nauseabundos impregnados debido a la falta de higiene, que ni siquiera el agua de Colonia barata que utilizaba en forma copiosa alcanzaba a cubrir, pudiera despertar algún tipo de excitación, aunque, de hecho, era lo que ocurría. Me faltaban aún varios años para comenzar a comprender los intrincados circuitos del deseo.
Un incidente desagradable suspendió por un tiempo nuestros encuentros con aquella mujer. En una de las tantas ocasiones en que la loca trataba de deshacerse de nuestro insufrible compañero, se enredó con las medias, tropezó y dio de lleno con la cara sobre el piso de baldosas. Alarmados, al ver que le manaba sangre por la nariz, corrimos a asistirla de inmediato. Le ayudamos a incorporarse para luego tenderla sobre una manta que trajo uno de los niños. Todos nos movilizamos, excepto Néstor, que se escapó asustado. Uno trajo alcohol, el otro algodón, aquel agua oxigenada y gasa, así, con los pocos recursos aprendidos en las series de televisión, logramos detener la hemorragia. Lo único que le preocupaba a ella era su aspecto; buscó la cartera de donde tomó el espejito y mientras escudriñaba el rostro lastimado comenzó a llorar. Intentamos tranquilizarla diciéndole que se veía tan hermosa como siempre. Recién entonces se incorporó para retocarse el maquillaje. En ese momento acordamos en forma unánime expulsar del grupo al culpable.
Jamás logramos averiguar de dónde venía; tal vez porque ninguno de nosotros deseaba saberlo. Tampoco conocimos su nombre. Pero lo que sí nos intrigaba era saber hacia dónde se dirigía todos los días a la misma hora. Varias veces se lo preguntamos, pero ella, en lugar de responder, cambiaba de tema, actitud que no dejaba de sorprenderme. Algo semejante ocurría cuando le descubríamos alguna de sus frecuentes contradicciones, tenía tal habilidad para evadirse que hasta nos hacía dudar de su insania.
Un día decidimos seguirla. Caminamos a una distancia prudencial de una cuadra. Había que tenerle paciencia, esperarla vereda tras vereda hasta que se acomodara las medias, luego de intentar ocultar en vano las acarraladuras, y retocara el maquillaje observándose en forma minuciosa en el espejito. Cada tanto se daba vuelta porque sabía que la seguíamos, entonces nos escondíamos detrás de los gruesos plátanos, aquellos árboles con frutos amarillentos en forma de esfera que al deshacerse liberan una pelusa que afecta las vías respiratorias. Por fin, luego de más de una hora, llegó a la plaza que está enfrente de mi escuela primaria y se aproximó a uno de los bancos de madera con respaldo bajo los abedules. Nos ubicamos en el sector de las hamacas, a poca distancia desde donde era posible ver sin ser vistos. Allí la esperaban varias personas. Era un grupo de locos integrado por cuatro varones y dos mujeres, vestidos todos de manera elegante, pero de acuerdo a una estética de otro tiempo. Nuestra loca era el centro de la reunión. Los seis la saludaron en forma afectuosa y efusiva; los hombres, cuyas edades oscilaban entre cincuenta y setenta años, le decían piropos en alabanza a la ropa, al perfume, pero más a su belleza. Ambas mujeres rondaban los sesenta, además de ser muy feas, no parecían preocuparse por su aspecto y daban muestras de sentirse en competencia con nuestra loca; le tironeaban del vestido y se podía leer en sus labios que la insultaban en silencio. Aunque había bancos disponibles, los cuatro caballeros se pusieron de pie para cederle el asiento. Ella se apoltronó entre los dos más jóvenes.
Advertimos que ninguno de los siete se miraba a los ojos, enfocaban la mirada a la altura de los hombros. Otro aspecto notorio, más evidente en los varones, era la pronunciación forzada; articulaban silabeando cada palabra, se trataban de usted y utilizaban giros idiomáticos propios de los antiguos manuales de buenos modales y adjetivos rimbombantes desusados que parecían tomados de los discursos de los actos escolares. «¿Cómo se encuentra usted, estimada señorita?»; «¡Qué elegante que se nos ha venido hoy usted!»; «¡Dichosos los ojos que pueden contemplar semejante belleza impoluta!» Mientras tanto, las otras mujeres miraban excluidas de reojo y se mordían las uñas.
La loca del espejito gustaba coquetear con cada uno de los varones. Entretanto se repasaba los labios con rouge o se alisaba el cabello con un cepillo. Cada tanto las damas le hacían algún comentario crítico para luego insultarla entre dientes, o aprovechaban cuando se daba vuelta para sacarle la lengua.
Hablaban todos al mismo tiempo, cada cual de un tema diferente sin escucharse. La reunión transcurría en un clima de aparente cordialidad y respeto, con un tono de hablar taciturno. Cuando la loca del espejito contaba acerca de sus papeles protagónicos junto a las grandes figuras de la escena internacional, las mujeres le dirigían miradas hostiles o hacían gestos obscenos. Contaba que había filmado en Londres, en Budapest, en Pekín y en Nueva York, que tanto los galanes como ricos admiradores le regalaban joyas, tapados de piel de visón o cuadros de pintores famosos, mientras pestañeaba para intentar ocultar una vez más sus párpados heridos. Pero dejaba las frases en suspenso para sacar los elementos de belleza de la cartera y estudiar su aspecto en el pequeño espejo.
Uno de los varones le sirvió una taza de café de un termo, mientras que otro se apresuró en ofrecerle una galletita dulce. Ella no aceptó ni uno ni la otra, alegó que tenía que estar en forma para su rol protagónico en la obra que se estrenaría el próximo invierno en Bayeruth.
Habían pasado más de dos horas y los locos seguían reunidos Empezaba a oscurecer, debíamos regresar para no preocupar a nuestros padres. Nos retiramos en forma discreta porque ellos tenían para largo.
Durante dos años la loca del espejito pasaba todos los días a la misma hora por la puerta de casa, hasta que desapareció y ya no la volvimos a ver. No supimos más de ella. Me queda la imagen del espejito que reflejaba esos párpados cosidos que la pintura, lejos de disimular, los hacía más visibles. Un espejito con borde festoneado y mango casi de oro.


Comments (1)
Lindo cuento. Leído en una tarde lluviosa en Occitania, sur de Francia. Lo voy a compartir!