LA GENERACIÓN Z ENTRE LA REVUELTA Y LA MANIPULACIÓN
Hegemonía, clase, ecología y el riesgo del estado de emergencia
Por Lidia Fagale. Periodista del Belt and Road – Directora de Clave China
De Mongolia a Francia, de Madrid a Nairobi. Mapa global de una generación que rompió el algoritmo.
La generación que salió de la pantalla
Durante años predominó la idea de que la Generación Z era individualista, narcisista, hiperconectada y políticamente fragmentada. Las redes sociales parecían haber reemplazado a la militancia, los algoritmos a las organizaciones y las emociones instantáneas a los proyectos colectivos.
Sin embargo, entre 2025 y 2026 comenzó a surgir un fenómeno que desbordó esas interpretaciones. Desde las protestas estudiantiles en Serbia hasta las movilizaciones por la vivienda en España y Portugal; desde las manifestaciones contra la corrupción en distintos países asiáticos hasta las revueltas juveniles africanas; desde las campañas territoriales y digitales en Brasil hasta las ocupaciones de establecimientos educativos en Francia, millones de jóvenes abandonan el rol de espectadores para intervenir activamente en la vida pública.
Lo que emerge no es una ideología única ni una identidad generacional homogénea. Lo que aparece es una experiencia compartida de incertidumbre material. Por debajo de las diferencias culturales, nacionales y políticas comienzan a repetirse problemas similares: dificultad de acceso a la vivienda, precarización laboral, endeudamiento, deterioro ambiental, pérdida de representación política y sensación de futuro bloqueado.
El núcleo del problema ya no es tecnológico. Es material.
La pregunta que atraviesa a millones de jóvenes en distintos continentes es sencilla y brutal: ¿cómo construir un proyecto de vida cuando las condiciones económicas, sociales y ecológicas parecen deteriorarse de manera permanente?
El malestar tiene una base material
Detrás del resurgimiento de la movilización juvenil existe una transformación estructural que atraviesa economías, continentes y sistemas políticos. La generación que accedió a la vida adulta después de la pandemia se enfrenta a un escenario muy diferente al que conocieron sus padres. El crecimiento económico ya no garantiza integración social. La educación superior ya no asegura estabilidad laboral. El empleo dejó de funcionar como promesa suficiente de ascenso social.
Al mismo tiempo, la vivienda se ha convertido en una de las principales fuentes de inseguridad social. Datos de Eurostat (2025) muestran que entre 2010 y 2024 los precios de la vivienda aumentaron un 55,4 % en la Unión Europea, mientras que los alquileres crecieron un 26,7 %. Para amplios sectores juveniles la experiencia cotidiana puede resumirse en una ecuación conocida: empleos más precarios, alquileres más caros y expectativas de ascenso social cada vez más limitadas.
La llamada gig economy expresa con claridad esta transformación. Como señala Standing (2011), la expansión de formas laborales flexibles e inestables ha contribuido a la consolidación de un nuevo precariado caracterizado por la inseguridad económica, la discontinuidad ocupacional y la pérdida de derechos sociales históricamente asociados al empleo formal. Millones de jóvenes sobreviven mediante aplicaciones digitales, plataformas de reparto, empleos temporales o formas de contratación inestables. Las promesas de flexibilidad asociadas al trabajo digital suelen coexistir con jornadas extensas, ausencia de cobertura social e ingresos insuficientes.
La protesta no surge de una abstracción ideológica. Surge de una experiencia material compartida. En términos de Fraser (2022), estas tensiones expresan contradicciones sistémicas que atraviesan simultáneamente la producción económica, la reproducción social y las bases ecológicas que sostienen la vida.
La generación de la ecoansiedad
La crisis climática constituye otro de los grandes elementos unificadores de la experiencia juvenil contemporánea.
En una investigación realizada en diez países, Hickman et al. (2021) encontraron que el 75 % de los jóvenes considera que el futuro resulta aterrador debido al avance de la crisis climática. Más de la mitad manifestó sentimientos de ansiedad, tristeza, impotencia o enojo frente a la inacción de gobiernos y actores económicos. Hickman et al. (2021) concluyen que la percepción de inacción gubernamental constituye uno de los principales factores que alimentan la angustia climática entre las nuevas generaciones.
La adolescencia y la juventud son etapas decisivas para la construcción de proyectos de vida. Cuando quienes deberían proyectarse hacia el futuro perciben que las condiciones ecológicas básicas están amenazadas, la incertidumbre deja de ser una cuestión exclusivamente ambiental para convertirse en una preocupación existencial.
Por ello numerosos investigadores sostienen que la ecoansiedad no debe interpretarse únicamente como una patología individual. Pihkala (2020) sostiene que la ecoansiedad representa una respuesta emocional racional frente a amenazas ambientales percibidas como reales y permanentes. Hurley, Dalglish y Sacks (2022) señalan que constituye una respuesta comprensible frente a riesgos percibidos como reales y persistentes.
La novedad política reside en que la participación colectiva comienza a funcionar también como una forma de respuesta psicológica. El activismo climático transforma la angustia inmovilizadora en capacidad de acción. Diversas investigaciones muestran que la acción colectiva contribuye a reducir la sensación de impotencia y fortalece mecanismos de resiliencia psicológica frente a escenarios de crisis ecológica (Clayton, 2020). La organización colectiva sustituye el aislamiento por comunidad. La movilización devuelve a muchos jóvenes una cuota de control sobre un futuro percibido como cada vez más incierto.
La juventud como territorio en disputa
Antonio Gramsci sostuvo que ninguna generación constituye un sujeto homogéneo. Para Gramsci (1975), toda construcción política supone una lucha por la dirección intelectual y moral de grupos sociales atravesados por intereses heterogéneos y, muchas veces, contradictorios. La juventud no es una clase social en sí misma. Es un terreno de disputa hegemónica en el que convergen intereses, expectativas y proyectos contradictorios.
Esta mirada coincide con los aportes de Hall (2016), quien sostiene que las identidades políticas no son esencias fijas sino construcciones históricas permanentemente disputadas.
Desde esta perspectiva pueden identificarse al menos tres grandes tendencias. Una franja integrada o aspiracional continúa vinculada a las promesas de movilidad social y consumo promovidas por el orden dominante. Otra, atravesada por la precarización laboral, la crisis habitacional, las dificultades educativas y la incertidumbre climática, experimenta de manera directa las contradicciones del sistema económico contemporáneo. Finalmente, una tercera corriente canaliza el malestar hacia posiciones nacionalistas, xenófobas o autoritarias.
La disputa política actual consiste precisamente en determinar cuál de estas tendencias logrará construir representación y dirección cultural sobre el conjunto del descontento generacional.
En este punto resultan especialmente relevantes los aportes de Maristella Svampa, John Bellamy Foster, Michael Löwy y otros autores de la ecología política contemporánea. La crisis de nuestro tiempo ya no puede comprenderse únicamente a través de la clásica contradicción entre capital y trabajo. Foster (2000), Löwy (2012), Moore (2015) y Saito (2022) han señalado que la crisis ecológica contemporánea obliga a incorporar también la contradicción entre acumulación capitalista y reproducción de la naturaleza.
Por ello conceptos como ecosocialismo, fractura metabólica, bienes comunes, transición justa, posextractivismo y Estado ecosocial ocupan un lugar cada vez más importante en los debates sobre el futuro. Las luchas ambientales y las luchas sociales han dejado de transitar caminos paralelos. En América Latina, Svampa (2019) identifica precisamente esta convergencia como uno de los rasgos distintivos de los conflictos socioecológicos contemporáneos. Cada vez con más frecuencia convergen en una misma disputa histórica.
Serbia: cuando la Generación Z construye poder
Si existe un caso capaz de condensar la transformación política de las nuevas generaciones, ese caso es Serbia.
Las movilizaciones estudiantiles surgidas tras la tragedia de Novi Sad comenzaron como una reacción frente a un hecho concreto. Sin embargo, con el paso de los meses dejaron de constituir una protesta sectorial para transformarse en un proceso de articulación social y política que trascendió ampliamente el acontecimiento original. Diversos estudios sobre los Balcanes occidentales han señalado que las movilizaciones recientes expresan una crisis más amplia de representación política y de legitimidad institucional (Bieber, 2020).
El caso serbio permite observar una dimensión diferente de la conflictividad juvenil contemporánea. Mientras en numerosos países las movilizaciones permanecen limitadas a la denuncia o la resistencia, en Serbia una parte del movimiento logró avanzar hacia formas más complejas de organización colectiva y representación política.
Lo importante no es únicamente el resultado alcanzado ni la visibilidad pública obtenida por las protestas. Lo relevante es el proceso recorrido.
Una generación atravesó, paso a paso, las distintas fases de la acción política: de la indignación a la movilización; de la organización a la representación. Este proceso recuerda la noción gramsciana de construcción hegemónica entendida como la capacidad de transformar reclamos fragmentarios en una voluntad colectiva organizada (Gramsci, 1975).
Serbia constituye mucho más que un episodio nacional. Como observa Bieber (2020), los conflictos políticos contemporáneos en la región reflejan tensiones persistentes entre democratización, representación y concentración de poder.
África: la juventud más numerosa del planeta
África constituye hoy uno de los principales laboratorios políticos del mundo juvenil. Según Naciones Unidas, el continente posee la población más joven del planeta y concentrará una parte sustancial del crecimiento demográfico global durante las próximas décadas. Esta realidad convierte a la juventud africana en un actor estratégico tanto para el desarrollo económico como para la estabilidad política de numerosos países.
Sin embargo, las expectativas de ascenso social suelen entrar en tensión con elevados niveles de desempleo, informalidad laboral y desigualdad económica. En países como Kenia, Nigeria, Senegal, Uganda o Sudáfrica las nuevas generaciones protagonizaron durante los últimos años importantes ciclos de movilización vinculados a cuestiones fiscales, corrupción, acceso al empleo y democratización institucional.
Un rasgo distintivo de estos movimientos radica en la combinación entre organización territorial y capacidad digital. Las redes sociales permiten coordinar acciones, visibilizar abusos y construir comunidades políticas transnacionales, mientras que las estructuras locales sostienen materialmente la movilización en el territorio.
Tal como ocurrió con las protestas kenianas contra las reformas tributarias o con diversas campañas juveniles en África Occidental, las nuevas generaciones no solo cuestionan políticas específicas. También disputan modelos de desarrollo percibidos como incapaces de ofrecer oportunidades reales para la mayoría social.
La juventud africana aparece así como una de las expresiones más dinámicas del nuevo ciclo de conflictividad global: altamente conectada, demográficamente decisiva y cada vez más consciente de su propio peso político.
Asia: crecimiento económico y frustración social
Durante décadas buena parte de Asia fue presentada como el gran ejemplo del éxito económico global. Sin embargo, detrás de las elevadas tasas de crecimiento aparecen tensiones sociales que afectan especialmente a las nuevas generaciones.
En varias sociedades asiáticas se observa una paradoja significativa: el desarrollo económico no garantiza automáticamente seguridad existencial. Incluso en países con altos niveles de expansión productiva, millones de jóvenes enfrentan dificultades para acceder a viviendas asequibles, empleos estables o trayectorias profesionales previsibles.
Las movilizaciones estudiantiles y juveniles registradas en Corea del Sur, India, Indonesia, Tailandia, Filipinas y otros países expresan preocupaciones diversas, pero comparten un trasfondo común: la percepción de que las oportunidades disponibles no se corresponden con las expectativas construidas por décadas de crecimiento económico.
En numerosos casos la presión educativa, la competencia laboral extrema y el encarecimiento del costo de vida generan sentimientos de agotamiento social. Las nuevas generaciones observan cómo aumenta la riqueza agregada de las economías mientras se vuelve cada vez más difícil asegurar condiciones básicas de estabilidad personal.
La contradicción entre expansión económica y frustración social constituye uno de los fenómenos más relevantes de la Asia contemporánea. Allí donde el crecimiento prometía integración y bienestar surgen nuevas preguntas sobre distribución, representación y sostenibilidad.
América Latina: cuando las redes y las calles se fusionan
En América Latina la movilización juvenil posee una larga tradición histórica. Desde los movimientos estudiantiles del siglo XX hasta las recientes protestas feministas, ambientales, educativas e indígenas, la región ha sido escenario recurrente de irrupciones generacionales capaces de modificar agendas políticas nacionales.
La novedad actual reside en la capacidad de integrar espacios digitales y territoriales. Las redes sociales ya no funcionan únicamente como herramientas de comunicación. Se han convertido en dispositivos de organización, producción cultural y construcción identitaria que interactúan permanentemente con la movilización callejera.
Brasil ofrece algunos de los ejemplos más significativos de esta convergencia. Diversas campañas ambientales, estudiantiles y comunitarias han articulado activismo digital con formas tradicionales de organización de base. Fenómenos similares pueden observarse en Chile, Colombia, México y Argentina.
La crisis climática ocupa un lugar especialmente relevante. En una región fuertemente afectada por incendios, sequías, contaminación y conflictos extractivos, las demandas ambientales comienzan a vincularse cada vez más con reivindicaciones sociales relacionadas con empleo, salud pública, acceso al agua y derechos territoriales.
En este sentido, América Latina se convierte en uno de los espacios donde resulta más visible la convergencia entre justicia social y justicia ecológica. Lo ambiental deja de ser una cuestión sectorial para integrarse a una disputa más amplia sobre democracia, desarrollo y soberanía.
Norteamérica: entre la crisis de representación y la nueva generación política
En Estados Unidos y Canadá las nuevas generaciones enfrentan una situación paradójica. Pese a vivir en algunas de las economías más desarrolladas del planeta, numerosos jóvenes experimentan condiciones crecientes de inseguridad económica.
El endeudamiento educativo, el aumento de los costos de vivienda, la precarización laboral y las dificultades para acceder a sistemas de protección social han contribuido a una ampliación del malestar generacional. Diversas encuestas muestran que amplios sectores juveniles consideran menos alcanzables los niveles de bienestar obtenidos por generaciones anteriores.
Al mismo tiempo, la polarización política y la desconfianza hacia las instituciones tradicionales alimentan procesos de reorganización ideológica. Sectores juveniles participan activamente en movimientos vinculados a la justicia climática, los derechos civiles, la democratización económica y la regulación del poder corporativo.
Las universidades continúan desempeñando un papel relevante como espacios de producción política. Las movilizaciones estudiantiles recientes muestran que la generación más joven ya no limita su participación al ámbito electoral, sino que busca intervenir sobre conflictos internacionales, desigualdades económicas y problemáticas ambientales.
La cuestión central en Norteamérica ya no parece ser la apatía política juvenil. La verdadera pregunta es hacia qué proyecto histórico se dirigirá una generación cada vez más crítica respecto de las promesas tradicionales del modelo neoliberal.
Europa: presupuesto de guerra contra presupuesto de vida
Europa constituye probablemente uno de los escenarios donde la contradicción entre prioridades estatales y demandas juveniles aparece con mayor nitidez.
Mientras numerosos gobiernos incrementan los presupuestos militares en el contexto de las nuevas tensiones geopolíticas internacionales, amplios sectores juveniles denuncian recortes o insuficiencias en áreas vinculadas con vivienda, educación, salud pública y transición ecológica.
Las movilizaciones por el acceso a la vivienda en España, Portugal y otros países europeos expresan esta tensión con claridad. Para muchos jóvenes, la principal amenaza cotidiana no es una guerra futura sino la imposibilidad concreta de alquilar una vivienda, acceder a un empleo estable o construir autonomía económica.
Del mismo modo, las ocupaciones estudiantiles, las protestas universitarias y las campañas climáticas reflejan una disputa por la orientación misma del gasto público. No se trata únicamente de una discusión presupuestaria. Se trata de una discusión sobre el modelo de sociedad que se pretende construir.
La consigna que comienza a emerger en distintos espacios juveniles europeos podría sintetizarse en una fórmula sencilla: presupuesto para la vida antes que presupuesto para la guerra. Allí se concentra una de las tensiones políticas más significativas del continente en la actualidad.
Conclusión: El mañana nos pertenece
La Generación Z ya no puede describirse únicamente mediante categorías demográficas, tecnológicas o culturales. Los procesos observados en Europa, África, Asia, América Latina y Norteamérica muestran que estamos frente a una generación atravesada por problemas estructurales comunes: precarización laboral, crisis habitacional, deterioro ecológico, desigualdad creciente y agotamiento de los sistemas tradicionales de representación política.
Sin embargo, la respuesta histórica permanece abierta.
El mismo malestar que impulsa experiencias de organización colectiva puede ser capturado por proyectos democráticos, ecosociales y emancipatorios o por fuerzas nacionalistas, xenófobas y autoritarias que ofrecen soluciones simplificadas a problemas complejos. Como toda generación en disputa, la Generación Z constituye simultáneamente una posibilidad transformadora y un campo de batalla ideológica.
Aquí aparece una dimensión particularmente preocupante. En numerosos países se observa una expansión de discursos de excepción permanente que presentan las crisis económicas, migratorias, ecológicas o de seguridad como justificación para restringir derechos, ampliar mecanismos de vigilancia o fortalecer dispositivos coercitivos del Estado. Siguiendo las advertencias de Giorgio Agamben (2004), el riesgo del estado de emergencia consiste precisamente en transformar situaciones extraordinarias en formas permanentes de gobierno.
La disputa está abierta y el riesgo del autoritarismo es real, pero la última palabra no la tienen quienes administran la crisis o pretenden militarizar el descontento. La tiene la organización popular.
La fuerza combativa de esta generación radica en su capacidad para romper la pantalla, unirse en la diversidad y disputar cada presupuesto público y cada pedazo de futuro. El activismo ya no es solo resistencia; es la creación viva de un proyecto ecosocial capaz de devolver control democrático sobre el porvenir.
Si tres de cada cuatro jóvenes ven el mañana con temor, hoy es el poder colectivo el que empieza a cambiar el miedo de bando.
La Generación Z ya salió de la pantalla y no piensa volver a entrar.
El futuro ya no se espera. Se conquista.
Referencias bibliográficas
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